martes, 16 de abril de 2013

Al final las obras quedan, la gente se va.

Es la letra de una canción que pertenece a Julio Iglesias. Tengo que decir que no sabía que era autor y compositor y que después que lo supe lo empecé a respetar un poco, ya que su forma de cantar nunca me gustó. Pero la letra de la canción me llama a reflexión. Ya que si sigo escribiendo sobre quienes nos dejaron, terminaré convirtiendo esta modesta columna en un obituario. Nada más lejos de mi intención, que siempre es celebrar la vida, la felicidad y el amor por lo que nos toca hacer.
Pienso que nada mejor para celebrar la vida que con las obras de las personas, las cuales no tienen que ser reconocidas internacionalmente para ser importantes, solo tiene que dejar huella. Y esta debería ser la misión de nuestra vida, todos deberíamos decidirnos a dejar un legado positivo que sea digno de emular. Yo recuerdo con cariño a mi profesora de Historia, la señorita Badaracco. Nunca supe su primer nombre y supongo que ella tampoco el mío, pero sus enseñanzas pesaron en mi decisión de ser maestra. A ella le debo mi amor por las humanidades y mi deseo de transferir el conocimiento o más bien enseñar como adquirirlo y así dejar un legado que perdure.
Como directora de Asesoria Educativa, tengo muy claro el principio de la transmisión de habilidades y la capacidad de adquirir mayor conocimiento a través de la investigación y el análisis. Los que trabajamos en acompañamiento pedagógico entendemos la importancia del apoyo que le ofrecemos a nuestros alumnos, no solo para solucionar una necesidad académica inmediata, sino a fin de que perdure en el tiempo y sirva de efecto multiplicador para las futuras generaciones de estudiantes y maestros. Deseamos que nuestra obra quede y se extienda positivamente para atender a los alumnos que requieran de nuestro servicio en el futuro.

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